Viajo por las letras con la maleta llena de libros. Escribo novelas y relatos, pero si me siento poética la lleno de poesía o de lírica. Soy "cuentista". ¡Otros van más allá e incluso publican mis historias! Os deseo un paseo agradable por mi blog. Mis trabajos están registrados, podéis usarlos citando la procedencia y sin alterar su contenido, siempre y cuando se utilicen para actividades sin ánimo de lucro.

martes, 4 de octubre de 2016

Destino: Venganza

Destino: Venganza.

Él abrió la puerta con sumo cuidado y recorrió el apartamento despacio, en silencio, de puntillas y como a cámara lenta; llegó buscando venganza. Sin embargo, ella, que lo había intuido, escapó como chiscando los dedos; salió de la ducha y aun mojada, se colocó una camiseta larga color verde; olvidó recoger el bolso, las llaves, el móvil...Salió por la puerta de atrás, a esas horas todos dormirían; esperaba encontrar las escaleras pero encontró el vacío; brillaba el sol. Muy despacio y de puntillas, caminaba sobre las nubes vestida de color esperanza; su camiseta húmeda secó al instante, el sol abrasaba.
Allí permaneció sin comida y sin agua; ante el astro rey cayó deslizándose en el aire a cada movimiento, a cada intento de sujetarse con los brazos, poco a poco; ocurrió cuando comenzó a llover.
Gritaba socorro, entre tantolas palomas la observaban sin poder hacer nada.

Él la aguardaba en tierra indeciso, con cara de lástima pero satisfecho, merecían morir las madres que devoran a sus hijos; su venganza hubiera sido amarga.

María Teresa Fandiño
26/09/2016
Imagen obtenida de la red


sábado, 1 de octubre de 2016

El salero de mis abuelas



El salero de mis abuelas.

Recordé que Poseidón a veces deja sueltos a sus caballos, les temía; supuse que el dios no sufriría un ataque de ira ese día precisamente. Me decidí, no sin miedo, y salí a navegar; unas horas después, en medio del océano, el mar estaba tranquilo.

Imaginé la zona llena de corales. Observé el horizonte, quizás los caballos de sal estuvieran libres y cabalgando, mas no les vi; con mi traje de buceo me sumergí en el agua. Una vez estuviera en el fondo del mar, no me afectaría el tamaño de las olas. Poseidón podría soltar a todos sus caballos, los más grandes y hermosos sin que apenas se notara. Encontré corales que parecían de colores; una voz maestra me recordó que los corales son blancos, los efectos de las algas los cubren de hermosos colores. Buceé hasta que anocheció, descubrí secretos en el fondo del mar que fui recogiendo en una bolsa; un camafeo y una moneda de euro.
Subí mi pequeño tesoro al barco, guardé mi traje de buceo y me tiré de nuevo al mar; cabalgué sobre pequeños caballos que comenzaban a llegar, sólo querían jugar conmigo, nadé hasta que me agoté; sentí la libertad al anochecer junto a ellos.
La melena al viento, una noche clara, olor a salitre; ese olor a sal que tantos recuerdos me trae. Recuerdos tiernos de la infancia, de aquellos días en la playa cuando de niña, junto con mi abuela, recogía berberechos.Tras lavarlos en agua de mar, a escondidas de mi madre y con aquel gesto de complicidad, los comíamos crudos.
Mis abuelas…Sé que yo, sin pretenderlo, fui la sal en sus saleros. Ellas amortiguaban mi disciplina ¡ellas eran la sal de la vida!

María Teresa Fandiño
23/09/2016
Derechos reservados



viernes, 30 de septiembre de 2016

Cada uno de los participantes en la revista, ha expresado sus deseos.
El mío también existe. Es Gealittera una revista bonita e interesante.
Ahora mi deseo es que os guste.
https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_-25-_deseo/3?e=12148429/38771055



https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_-25-_deseo/3?e=12148429/38771055



jueves, 15 de septiembre de 2016


De venta en Amazon, La casa del libro, El corte inglés, CEGAl https://www.todostuslibros.com/

Editorial Libros Mablaz







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lunes, 15 de agosto de 2016

Era astuto el caballero - Revista digital Gealittera -

Era astuto el caballero es uno de los relatos contenidos en el nº 24 de la revista Gealittera, correspondiente al mes de Agosto.
El tema en este número es la mentira.
Pinchad en este enlace para tener acceso a la lectura de la revista.

http://l.facebook.com/l.php?u=http%3A%2F%2Fissuu.com%2Fcarmenmembrillaolea%2Fdocs%2Fgealittera_____24____mentiras%2F1%3Fe%3D12148429%252F37797861&h=TAQEQFOlp








lunes, 8 de agosto de 2016

Mi abuela lloraba a escondidas

Aquel día guardé el secreto
en casa me lo ordenaron
Me metí bajo la cama…rezaron
Muertita, muertita estaba de miedo.

Llegó la policía, en unos minutos
se llenó la casa de misterio.
Deambulaba por los pasillos con pasos diminutos
cuando vi la cara de mi abuela en el espejo.

Expresaba una profunda tristeza,
mucho miedo...Me miró con ternura.
Ella era una mujer triste y con entereza
aunque antaño había sido alegría pura.

Durante los pocos años de mi niñez
se volcó en los amigos y la familia.
Había perdido la esperanza y la fe,
nunca las halló a lo largo de su vida.

María Teresa Fandiño
09/08/2016
La Coruña, España.
Derechos reservados.
Imagen tomada de la red.






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domingo, 24 de julio de 2016

Antología "Un día de fiesta y otros relatos" * Editorial "El fantasma de los sueños"

Tercer concurso de relatos. La antología "Un día de fiesta y otros relatos" contiene más de cien,de distintos autores entre los que se encuentra el mío "Y los gatos al pescado". 
Si os apetece comprarla, la tenéis en este enlace:
http://www.milibroenpapel.com/breve/214-concurso-de-relatos-en-papel-3-edicion.html

La portada es de Ramón Cerdá.




viernes, 15 de julio de 2016

Una noche de verano y una constelación.- Gealittera -

http://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_23._magia/1?e=12148429/37113591

Una noche de verano y una constelación.

Me miraste con brillos en tus ojos
¡con destellos! y vi como fluías
surcando el cielo, ¡qué feliz reías!

En esta noche vi magia en tus rojos
y azulados espasmos, tus sonrojos
majestuosos y ¡cómo revivías!
Rodeada de amigas exhibías

vanidosa tu espejo, tus antojos.
¡Mi loca luminosa! con tu trono
de reina luces más que osa mayor
a la que eclipsas, mía te corono.

Eres reina, en la noche eres icono
de belleza, en el norte eres fulgor.
Por ti en las noches claras, me emociono.

Linda estrella, en tu trono
al compás de la magia eres el hada.
¡Casiopea!, mi dulce enamorada.

María Teresa Fandiño.
La Coruña, España.
Imagen obtenida de la red.


En la mitología griega, Andrómeda era la hija de Casiopea y Cefeo, el rey de Etiopía. Su madre estaba tan orgullosa de su belleza y de la de su hija que declaró que eran más hermosas que las Nereidas, lo cual enfureció a estas hijas del mar y se quejaron con el dios Poseidón. Éste amenazó con enviar una inundación y un monstruo marino llamado Cetus para destruir el reino por semejante ofensa.
Ante el temor de ver su pueblo destruido, los reyes consultaron al Oráculo de Amón, que les explicó que la única forma de salvar a su pueblo y calmar la ira de Poseidón era entregar en sacrificio a su hermosa hija Andrómeda al monstruo. Los reyes no tuvieron más opción que encadenar a Andrómeda a unas rocas para que Cetus acabara con su vida, pero prometieron que si alguien la salvaba, le darían su mano en matrimonio.
Desesperada y clamando piedad, los gritos de Andrómeda llegaron a los oídos de un jinete que sobrevolaba los cielos sobre su caballo alado. Este jinete era Perseo, que acababa de derrotar a Medusa cortándole la cabeza y montaba a su Pegaso. Al ver a la joven abatida y al monstruo marino acercándose a ella, voló velozmente hacia éste y le acercó la cabeza de Medusa para que se convirtiera en piedra, hundiéndose luego en el mar.
En cuanto desencadenó a Andrómeda, ambos se miraron a los ojos y se enamoraron. Sus padres, que habían prometido que su salvador podría casarse con ella, no cumplieron su palabra y Casiopea quiso acabar con la vida de Perseo, pero éste se defendió convirtiéndolos en piedra. Zeus colocó las imágenes de Cefeo y Casiopea en el cielo, y Poseidon castigó a la reina por su traición y por su arrogancia, colocándola sentada en su trono de tal forma que en algunas estaciones del año quedara boca abajo.
Perseo regresó a su isla para casarse con Andrómeda.
Luego, la diosa Atenea colocó sus imágenes juntas en el cielo, cerca de Casiopea y Cefeo, y del caballo alado Pegaso y del monstruo marino Cetus. Así nacieron sus respectivas constelaciones.

De: http://sobregrecia.com/2009/02/06/la-leyenda-de-andromeda/



lunes, 11 de julio de 2016

Bendita tecnología

Bendita tecnología

Vienen a mí las palabras
en forma de letras extrañas
¡como un aluvión!
lo mismo de Francia que de Portugal
incluso cruzando el mar.
Me sorprendo cuando leo
“hoy hace mucho sol”
Miro al cielo...¡observo que llueve!
me pregunto ¿en qué país estoy?
Si es verano, o es invierno
¡no sé en qué hemisferio!
En el mundo de internet
se confunde la estación.
En mi vida pensé que pudiera existir
un mundo tan diferente al que de niña, conocí.
Santas redes sociales
merecéis una oración
Casi todos  buscan
en vosotras la esperanza.
Todos encuentran una alabanza
una proeza, un amigo, una pasión,
¡tal cual la vida real!
Encontré en este medio
mis dos pasiones
la escritura,
a la que me entrego con dedicación
junto con amigos,compañeros 
de la imaginación del escritor,
llegados de mundos lejanos y cercanos.
En algún que otro rincón,
reencuentros con el pasado
¡milagros que me emocionaron!
La ilusión y la imaginación
viajan, vuelan en redes de fantasía
a través de la tecnología.

María Teresa Fandiño
02/07/2016
Derechos reservados


miércoles, 29 de junio de 2016

La paja en ojo ajeno

Relatos seleccionados en el "IV Concurso de relatos de Editorial Libros Mablaz"

Contiene tres relatos míos y varios más de mis compañeros de letras.


Fotografía obtenida de la red

jueves, 23 de junio de 2016

Te sueño en mi mañana, esperanza

Te sueño en mi mañana, esperanza.

Esperanza ¿eres gata o zorra?; esquivas
las preguntas sencillas. Los ancianos
y los niños...Serena entre las divas
¿qué discurso pondrás entre sus manos?

¿Qué futuro darás a las altivas
tierras, yermas ahora?, sangre, hermanos
destrozados cual almas fugitivas
charloteo, corralas de villanos.

Tengo estrellas que brillan en bolsillos
que tejí, escondidas en la lana
tiemblan para salir, cantan los grillos.

Esperanza te siento en mi mañana
así, en paz, las chiquillas y hombrecillos
en la escuela, cual libre soberana.

María Teresa Fandiño.
23/06/2016
Derechos reservados
Fotografía de Xulio Barreiro




martes, 21 de junio de 2016

Balas y villancicos en tierra de nadie

http://acantiladosdepapel.blogspot.com.es/2016/06/relatos-seleccionados-en-el-iii.html?spref=fb

He sido seleccionada por "Acantilados de papel" para compartir una antología.
Se trata del III Certamen Ángeles Palazón, de cuentos de Navidad. Me siento muy satisfecha, primero por participar en un certamen que se realiza en honor a una mujer, segundo porque me siento valorada, pues mi relato "Balas y villancicos en tierra de nadie" ha sido seleccionado junto con catorce relatos más, de los 198 que se presentaron.

Imagen obtenida de la red 
Mi relato "Balas y villancicos en tierra de nadie" está basado en esta historia que expongo a continuación. El relato será publicado por la editorial Trirremis en Navidad, pertenece a una antología de cuentos navideños. Esta "anécdota" que me parece preciosa, no solo ocurrió una vez en la historia.
https://es.zenit.org/articles/1914-cuando-los-soldados-enemigos-confraternizaron-por-navidad/
En la vigilia de Navidad de 1914, sin que nada hubiera sido concordado, los soldados del frente occidental, de las dos diversas alianzas cesan el fuego. Se encienden velas, se cantan himnos navideños. Los alemanes iniciaron con el Stille Nacht y los británicos respondieron con villancicos en inglés.
Comienzan a hacerse los saludos de Navidad de una trinchera a otra. Hasta que alguien sale al descubierto para encontrar al enemigo y apretarle la mano. Se intercambian pequeños regalos como whisky, cigarrillos, etc.
Un hecho histórico extraordinario, conocido como ‘La tregua de Navidad’ que nació entre los soldados ‘enemigos’ movidos por el sentimiento cristiano de humanidad y hermandad. Las fotos llegaron a los diarios de la época. El Daily Mirror escribe sobre la imagen: ‘Un grupo histórico, soldados británicos y alemanes fotografiados juntos’.
Por un lado se encontraba la Triple Alianza, integrada por las Potencias Centrales: el Imperio alemán y Austria-Hungría. Por otro lado se encontraba la Triple Entente, formada por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. Ambas alianzas sufrieron cambios durante la guerra que se prolongó hasta 1918. El Imperio otomano y Bulgaria se unieron a la Triple Alianza. Italia, Japón y Estados Unidos se unieron a la Triple Entente.
Más de 70 millones de militares, incluyendo 60 millones de europeos, se movilizaron y combatieron en un conflicto que dejó 9 millones de muertos.
“Mientras observaba el campo que aún dormía –narra una de las cartas de los soldados– mis ojos vieron un resplandor en la oscuridad. A aquella hora de la noche una luz en la trinchera enemiga era algo raro y pasé la voz. No había aún concluido que en la trinchera alemana se encendía una luz después de otra. Enseguida, cerca de nuestras posiciones, tan cerca que me hizo apretar fuerte el fusil, sentí una voz. No era posible confundir ese acento, con su timbre ronco. Abrí los oídos, y me quedé escuchando, y eh aquí que llegó a lo largo de nuestra línea un saludo nunca antes escuchado en esta guerra: ‘Soldado inglés ¡Feliz Navidad, feliz Navidad!’”
En la ‘tierra de nadie’ se realizó un entierro de los caídos las horas anteriores. Británicos y alemanes se reunieron recitaron juntos el salmo 23. El Señor es mi pastor, nada me falta. Sobre pastos verdes me hace reposar, por aguas tranquilas me conduce…
Estos hechos fueron asumidos con perplejidad por los mandos militares, al punto que en los años siguientes se tomaron medidas para evitar episodios de este tipo. Y no faltó quien calificó el hermoso hecho como una “despreciable fiesta pacifista”.

domingo, 19 de junio de 2016

Semillas al viento, un deseo. Publicado por la revista digital de territorio de escritores



Semillas al viento, un deseo

Recorrí la playa despacio, caminé con paso firme y la cabeza alta; me dirigí hacia las cuevas que el mar con su erosión, forma en las rocas.

En el interior de la cueva la brisa del mar llegaba limpia y fresca. Disfruté del agua cristalina y sus murmullos; podía ver los peces a través de ella. Imaginé la riqueza de los fondos marinos más lejanos, donde ya es imposible llegar nadando. Allá, a lo lejos, vi una pequeña embarcación, ¡me pareció envidiable!; la observé durante horas con mis prismáticos. Sin embargo, al poco tiempo me percaté de que no era un barco de recreo, sino de pesca; los pescadores se peleaban; gritaban y sus gestos eran agresivos.
Entre todos consiguieron reducir y atar a un hombre enfurecido, después de un forcejeo.
A veces algunos de ellos enloquecen y sus compañeros los sujetan para que no hagan locuras. Lo había leído en algunas historias de sirenas, tal vez en algún cuento de Alejandro Dumas. Entonces imaginé.
Imaginé historias bonitas de amores de sirenas; dicen que ellas embrujan a los marineros con sus cantos y ellos, hechizados, guían sus embarcaciones hacia las rocas y allí, locos de pasión, las estrellan y desaparecen. Creí morir de miedo y salí de la playa mucho más rápido de lo que podría haber salido en cualquier otro momento.
Atemorizada las oí cantar desde mi dormitorio; durante toda la noche aquella sirena cantó como una diva. Me imaginaba los barcos zozobrando y a los marineros enloqueciendo. Me consolé pensando que tan solo eran imaginaciones mías surgidas de los cuentos que había leído, y me sentía patética, recordando el Quijote y su pelea con los molinos de viento. Sin embargo, aquel canto permaneció incrustado en mis oídos toda la noche.
Al alba corrí a la playa, imaginaba encontrarme los restos de un naufragio, maderas flotando abandonadas…incluso algún marinero muerto.
El sol lucía espectacular.
No vi en la playa nada malo y los delfines parecían felices esa mañana. Intenté relajarme y poder escuchar el susurro del agua en la orilla, sentir el tacto de la arena en mis pies al caminar. De pronto los delfines abandonaron sus juegos y escuché el silencio.
Permanecían mudas las gaviotas, el mar parecía triste.
Tropecé con ella. En brazos de Morfeo y cubierta su cola de agua, parecía exhausta, tal vez hubiera pasado la noche cantando para su marinero, mas él no pudo acudir. Dormía plácidamente, quizás reponía fuerzas para esa noche.
El mar la acariciaba, cálida y sonriente dormitaba la musa.
Comprendí que nada había entendido hasta entonces, que ningún hombre podría comprenderlo nunca.
Quizás sí una mujer…
Ella le amaba. ¡Le aguardaría cien años más! ¡Jamás cejaría en su empeño!
Tal vez yo pudiera aprender a cantar como ella.
Me alejé de allí y me acerqué a la arboleda que paralelamente acompaña al recorrido de la playa. El campo lucía floreado, recogí una flor de diente de león, soplé y pedí un deseo.
Tal vez se cumpliera…

María Teresa Fandiño
19/06/2016
Imagen obtenida de la red
Derechos reservados


jueves, 16 de junio de 2016

Huele a hogar


                                                                     Imagen obtenida de la red


HUELE A HOGAR

Las ventanas eran de madera vieja. Todavía no había llegado el frío del invierno, la brisa  entraba a través de una ventana entreabierta de mi cuarto, me agradaba; me abrigaba bien y me dormía. Soñaba...soñaba con un lugar lleno de mariposas, colores y aromas de primavera. De la primavera pasaba al invierno, olor a humedad;  al fin y al cabo en mis sueños y en mis cuartillas podía vivir en la estación del año que más me apeteciera. Me reconfortaba encontrarme entre sábanas y mantas gruesas por las noches y entre letras por las mañanas. Podía imaginar.
—Tal vez la realidad no sea más que pura invención —me decía a mí misma, en mi soledad.
—Tal vez  pudiera ser real aquello que escrito en hojas de papel, se deja leer —me respondía a mí misma.
En mis fantasías bien pudiera ser un mago, un hombre con poder, una mujer fatal o una astronauta recién llegada de un viaje espacial.
Viajaba mi imaginación en barca y a través de las letras.
Me gustaba retirarme al campo para escribir, allí mi barca no se hundía.
La casa tenía vida propia, no me asustaba  porque habiendo nacido en ella, la conocía bien. Sin embargo, a mis amigos les resultaba impactante. Estaba desvencijada, a veces parecía gemir; en sus lamentos olía a madera vieja. Se  podía intuir su pasado. Sus rincones, junto con sus pinturas, sus lámparas y sus relojes, contaban historias maravillosas de tiempos pasados.
Las musas no la abandonaban, se sentían a gusto allí.
En mi dormitorio podía concentrarme. Sobre mi escritorio siempre había flores silvestres que llenaban de fragancia el cuarto. A mi izquierda, a través de la vieja ventana de madera, entraban los primeros rayos de sol de la mañana; desde allí podía disfrutar de las vistas del río y de la naturaleza. Me asomaba a la ventana, escuchaba la melodía  que venía del río….Escribía.
Algunos me llamaban loca, otros me decían rara.
Pasaban las horas tan rápido en compañía de mis apuntes, que a veces me olvidaba de comer.
Mi familia estaba desperdigada, cada uno en su ciudad, en sus pisos y apartamentos modernos. Comprendía que mis abuelos se hubieran ido a la ciudad, a vivir en un piso confortable con ascensor y calefacción; sin embargo a mí me enamoraba la paz y el aroma de aquel lugar. Desde mi ventana veía a la gente pescar truchas y  en primavera todo se llenaba de flores, me alegraban, me inspiraban.
Desde mi ventana entre abierta, respiraba la frescura del agua del río. Los árboles en primavera se visten de colores, del tono de las flores y forman un arcoíris difícil de igualar en las pinturas. 
Acudía siempre que podía, disfrutaba de independencia y soledad excepto en Navidad, entonces era el momento de conceder una tregua. Todos llegaban a la casa con la misma intención, un intento de hacer paréntesis en sus vidas y pasar unos días inolvidables juntos. Lo hacían estresados, dejaban sus problemas por el camino junto al río. Los eucaliptos que seguían el cauce, daban olor a toda la zona a través del camino a casa. ¡Qué placer el aroma del campo! Sonreían.
—Niños, oler esto que en la ciudad no lo pillamos.
—¡Huele raro, mamá!
—¡Son los eucaliptos!.
Cuando llegamos a la casa, aroma a tomate en rama.
En el salón huele a leña ardiendo en la chimenea. Y en la cocina, al cocido de la abuela.

María Teresa Fandiño Pérez.

La Coruña, España.

https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_22/1?e=12148429%2F36374137


miércoles, 8 de junio de 2016

La profesora de música - Publicado por Acantilados de papel -

Publicado por http://acantiladosdepapel.blogspot.com.es/2016/06/la-profesora-de-musica.html

La profesora de música

Esa tarde visitamos el teatro, se trataba esta vez de un concierto que, sospechaba, sería aburridísimo; mi profesora nos llevaba a muchas de las pequeñas actuaciones musicales que se organizaban allí.
Siempre me aburría. A veces, incluso,  era inquietante el sonido de algún instrumento que parecía chillar, y se tornaba insufrible a lo largo de la actuación.  Entonces me impresionaba que la gente aplaudiera, era como si todos se pusieran de acuerdo. Esto solía  ocurrir, a veces acudía al concierto algún insigne profesor de música, si le veían aplaudir casi todos lo hacían.
Llegué a pensar que les pagaban para hacer de reclamo.
El resultado de estos pensamientos me pareció terrible.  Sabía que existían personas carentes de criterio, pero no que fueran tantas. Durante la actuación me distraía rebuscando entre los palcos y observando a las personas; tal actividad me resultaba placentera. 
No sé por qué extraña razón, me agradaba acompañarla.
Esa tarde, en concreto, me impresionó el concierto. Me pareció buenísimo y me sentí bien, porque además había conseguido evadirme de mis problemas. Era muy joven y estaba enamorada. Me mortificaba no poder  verle a menudo. Nadie se percataba de mi sufrimiento, todos creían que era cosa de niños.
Me sorprendí de aquella magnificencia.
El cantante, dirigiéndose al público, se despidió de los escenarios. Aquella había sido su última actuación y pretendió  dejar un buen recuerdo. La profesora de música comentaba, muy altiva camino de su casa, que había sido un hombre  sin afán de superación, un mediocre.
Llegamos pronto, ella vivía muy cerca del teatro, a veces me daba la impresión de que nos llevaba a los conciertos porque se sentía sola. Me llamaba la atención su salón, carecía de sensación de hogar y parecía una exposición al público. No había fotos ni recuerdos.  
No quise merendar aquel chocolate con churros. Entre dientes me dijo que yo era una jovencita muy terca. La mesa de mármol era de color negro y tenía dibujados unos angelitos blancos que parecían haber sido pintados en relieve.
Pasé la yema del  dedo por sus bordes, sin embargo no se apreciaban al tacto.
—Deja de jugar con los angelitos y tómate el chocolate, se enfriará. — Insistía.
—No me apetece, gracias.
A veces me sentía  invisible. Ni me veía, ni me escuchaba.
Hacía todo con mucha calma. Solía finalizar la tarde con alguna frase imperativa:
“Recordad, debéis practicar los ejercicios de voz, concentraros y  trabajar”.
Alguien llegó a la casa y abrió  la puerta con su propia llave. Nos despidió amable y fría.
Me extrañó.
— Niñas, podéis iros a casa. — Nos miró superficialmente.
Salimos de allí, no sin antes darle las gracias por su hospitalidad.
Una de las pequeñas dejó la puerta entreabierta, me volví para cerrarla y le oí; ese hombre  poseía una voz de barítono y un tono muy fuerte, parecía enfadado e intentaba imponerse. No entendí lo que decían, discutían. Ella hablaba muy bajo y de vez en cuando decía algunas palabras en otro idioma; el hombre parecía extranjero.
Entré de puntillas en la casa dejando abierta la puerta. Me quedé en el hall. Detrás de las vidrieras,  observé como levantaba el atizador de la chimenea  e intentaba golpearla. Ella consiguió zafarse y  salió corriendo de la habitación hacia la puerta; vi su cara de frente tras  el cristal, me miró como pidiendo socorro y vino hacia mí.
Su cara de súplica me impactó.
Me incliné hacia delante y deslicé mi pierna, contra la que él tropezó. Su frente dio de lleno contra el canto de la puerta y la fuerza del golpe le dejó inconsciente sobre un hilero de sangre, sus ojos permanecían  cerrados. Temblaba de miedo, entre las dos le movimos y salimos de allí corriendo. La profesora se encargó de llamar a la ambulancia y a la policía.
Cuando llegaron el cuerpo del hombre no estaba.
Solamente una mancha de sangre en la entrada. Nos miramos, sabíamos que regresaría.
La invité a pasar la noche en mi casa. Fuimos caminando despacio, el recorrido no era muy largo. Venus brillaba con todo su esplendor. De pronto dejé de ser invisible para sus ojos
Y comenzó a contarme una historia acerca de aquel hombre.
Ambos habían llegado de un país extranjero, ambos habían sido músicos, cantaban juntos, se enamoraron…Él perdió su voz debido a una enfermedad, comenzó a beber y a tratarla mal. Solamente regresaba para pedir dinero y se enfurecía constantemente.
Sentía pena por él,  ella todavía le quería.
No quise juzgarla, al fin y al cabo ¿quién era yo para juzgar a nadie?
—No te quiere —No dije más.
A la mañana siguiente,  el periódico estaba sobre la mesa junto al café. En primera página la fotografía de ese hombre en una cama de hospital, alguien le había encontrado caído en la calle y le había acercado a una clínica donde se recuperaba del  golpe.
Le di la vuelta al periódico, no quise que ella le viera. Lloraría.
— ¿Qué dice el periódico?, ¿algo interesante?
—No.
—Déjame ver.
Me sorprendió su reacción… Se quedó mirando la foto y exclamó, un alarido salió de su corazón:
— ¡Así te mueras!
— ¿El amor duele siempre?—pregunté inocentemente.
—No, querida, el amor no duele.
—A mí me duele.
Me observó mientras tomábamos una taza de café.
—El amor es felicidad, es confianza, pasión... Esto es otra cosa. Le eché la culpa al alcohol, a la mala suerte y a todo lo que se me  ocurrió. No son más que excusas que me pongo para no perderle, lo cierto es que estoy loca por él, pero  él no me quiere. A veces nos volvemos sordas, ciegas y mudas, hasta que un día nos ocurren estas cosas. Dime ¿por qué te duele?
—Porque está muy lejos…
—Está claro que por una cosa u otra todos sufrimos.
—Pero él me quiere.
Sonrió.

María Teresa Fandiño
A Coruña, España.
Junio 2016
Derechos reservados.
Imagen tomada de la red.




lunes, 23 de mayo de 2016

El extraño refugio de la abuela - Territorio de escritores


El extraño refugio de la abuela.

Regresé a mi antigua casa con la llave del portal en el bolsillo, todavía quedaban algunas cosas por recoger.
Se podía escuchar el silencio. Entonces oí un alarido, ¡mi casa lloraba!, podía oír como gemían los árboles; morían conmigo.
Entré en su hall acristalado, a la derecha un reloj de cuco y el salón; los muebles cubiertos, los cuadros embalados...Llevaba pri...sa, debía salir de allí antes del anochecer, todavía temía a los fantasmas.
De frente se accedía a dos escaleras, derecha e izquierda, una abierta, otra cerrada. Cada una tenía su nombre escrito, Rosa y Poderosa; a través de Rosa accedíamos a nuestros dormitorios, nuestros baños y un pequeño estudio con biblioteca; la llamábamos así porque la pared era color rosa. La escalera "Poderosa" estaba prohibida, mi abuela guardaba allí secretos oscuros. Recordaba haber subido en una ocasión, y haber visto un gran cielo azul.
La puerta de abajo estaba abierta, subí aterrada, arriba, una puerta roída y apolillada cerrada con llave. Bajé las escaleras tan rápido como pude, todavía me imponía aquel cuarto. Me recompuse nada más llegar al hall. No habría más oportunidades, la casa sería vendida en un par de días.
Recordé una llave grande que ella guardaba en su bolsillo, también que subía frotándose las manos. La imaginé poniendo crema después de fregar. Fui a la cocina y hurgué en los cajones, las despensas, los botes de alimentos…El bote de crema llamó mi atención por su tamaño. Metí la mano hasta el fondo y la noté, una llave antigua.
Subí corriendo la escalera prohibida, abrí la puerta y me encontré de lleno con su secreto: la fantasía. Ventanales en una hermosa galería, mucha luz, un espejo muy grande, pinturas enrolladas sin enmarcar, un caballete, una maleta vieja llena de cartas y poesías de un hombre enamorado.
Libros, prohibidos en aquella época, apilados. Sus bordados.
Miré al techo, planetas y el sol dibujados sobre un fondo azul.
Aquel lugar había sido su refugio. Me senté en su butaca y mirando al jardín, olvidé los fantasmas.
Me sentí de nuevo en casa.

María Teresa Fandiño
23/05/2016
Derechos reservados
Fotografía tomada de la red



sábado, 21 de mayo de 2016

Sensación de libertad publicado por "Letras con arte" en la antología "Mis queridos animales"

SENSACIÓN DE LIBERTAD.
( Para "Mis queridos animales", publicado por "Letras con arte" )

Con mi nariz pegada a los cristales, observaba pequeñas gotitas de lluvia. Mi dedo las seguía. Las nubes se tornaron blancas y entre ellas, un rayito de sol. El perro ladraba, le acaricié y abrí aquella pesada puerta de madera que daba entrada al jardín.
Entré en el palomar, ya me había acostumbrado a su fuerte olor. Las palomas no estaban, se las habían llevado en una furgoneta. Regresarían en cuanto las liberaran en cualquier sitio. Aquel bebedero, tan feo, estaba sucio. Lo limpié y, con mucho cuidado de que no se rompiera, lo pinté de rojo con flores blancas.
Puse agua en otro mientras, el recién pintado, secaba al sol. Alguien telefoneó.
— ¿Han llegado las palomas?
Observé el cielo.
—Todavía no.
Llegaron al fin hambrientas, sedientas, felices por regresar a casa. El perro las miraba con el rabo en fila. Las conté mientras bebían, observé que faltaba una. Aguardé…Llegó exhausta porque era muy mayor, se recostó en el suelo húmedo.
La llevé a beber y salí a jugar con el perro, ellas se colocaron sobre mis hombros y mi cabeza.
Extendí mis brazos al sol rodeada de palomas, sonreí e, igual que ellas, me sentí libre.

María Teresa Fandiño Pérez
Derechos reservados
Marzo 2016







Imagen de paloma, obtenida de la red 

domingo, 15 de mayo de 2016

Tú, el murmullo del río y el sonido del tren - Publicado por Gealittera, revista digital


Tú, el murmullo del río y el sonido del tren

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Adela era una buena amiga, hablaba mucho. Contaba sus aventuras durante aquel viaje con nostalgia y de forma divertida.
Su conversación era amena, lo que facilitaba la tarea de escuchar.

Subí al tren muy ilusionada. Aquella era la primera vez que viajaba sola.
Me sentí libre y muy feliz cuando el tren arrancó. Me había comprado un  pantalón vaquero azul oscuro y una camiseta blanca.
Durante la primera parte del trayecto fui leyendo y escuchando música. En un momento de confusión, observé a una señora que comía frutas, llamó mi atención. Una mujer excesivamente delgada, pelo rubio muy corto, de una edad avanzada que no paraba de hablar. Sólo callaba para comer pequeñas cantidades de fruta, a lo largo del viaje comió constantemente. Desconocía en qué parte del trayecto se había subido al  tren. Estaba segura de que no estaba allí cuando arrancó.
Me pareció extraña su presencia. El tren no había hecho ninguna parada.
Ella hablaba para todos; sus enfermedades y sus frutas no me importaban en absoluto. Hacía calor, comencé a sudar. Llegué a Madrid agobiada, cuando la perdí de vista me sentí un poco aliviada.
Muy deprisa cambié de estación para subir a otro tren, agotada después de seis horas de viaje. La sensación de calor aumentaba por momentos. No tenía reserva de hotel, no sabía dónde me hospedaría.
Comenzaba mi arrepentimiento, no creía que hubiera sido una buena idea.
Llegué a Sevilla al día siguiente muy de mañana, después de una noche de fiesta en el tren, cantando y dando palmas con una familia de andaluces que llegaban de regreso a casa, y con quienes lo pasé estupendamente.
Por la mañana me sentía  pegajosa y cansada. En la estación el termómetro marcaba  45 grados. El aire se sentía irrespirable, abundaban los  mosquitos.
Encontré un kiosco, compré el periódico y pregunté por un lugar limpio donde dormir. La kiosquera me miró raro. Sin embargo, se decidió a darme las señas de uno de ellos.
Al entrar mis ojos se cegaron, víctimas del contraste con la luz del cielo de Sevilla. Me sentí insegura y, replanteándome la conveniencia del lugar que había escogido, decidí que el sitio no me desagradaba. Sin embargo no había ninguna habitación disponible.
Estaban agotadas las reservas. Me senté en un sillón de color granate, de aquel hermoso hall, y reposé mi cabeza. Un empleado se acercó y me preguntó qué pretendía hacer.
—Aguardaré a que algún huésped deje su habitación.
—Eso no es posible, señorita. No quedarán habitaciones disponibles hoy.
—No tengo pensado levantarme de este sillón, estoy agotada.
Me miró con soberbia.
Se dignó a ofrecerme una pequeña habitación, me pareció incluso un lujo el hecho de que tal habitáculo, tuviera dos ventanas que abrían hacia un patio de manzana. En realidad había presentido que dormiría en la calle, así que no sólo me conformé, sino que incluso me sentí bien. Abrí las ventanas y la puerta, el aire no circulaba. Me acerqué a un gran espejo que decoraba la pared y vi mi rostro. ¡Penoso!, mi aspecto era deleznable, mi cara…se había tornado azul. Mi vaquero nuevo había desteñido con el calor y habiéndome frotado la cara por el sudor, me asemejaba a una vagabunda azul, sucia.
Recordé las mirada de la kiosquera y del empleado del hotel...Me sentía patética.
Me sumergí en una ducha muy fría; el calor no cesaba, no podía pensar; mi cerebro estaba abotargado. Con aquellas ventanas abiertas, y a pesar de los mosquitos, me recosté desnuda sobre la cama y dormí profundamente.
Descansé durante horas.
Cuando desperté apareció la luna llena. 
Decidí recuperar mi imagen femenina, me puse un vestido de seda azul y unos tacones altos. Bajé aquella escalera como una diva, el encargado que permanecía tras el mostrador, me miró y sonrió. Le gustaba mi nuevo aspecto, me surgió la duda de que quizás me hubiera espiado mientras dormía, a través de aquella ventana que daba al patio de manzana en una primera planta.
Tenía cara de perverso.
Me senté a cenar en el restaurante. La velada transcurrió entretenida, una  charla amena conmigo misma, hizo que me sintiera bien. Había decidido emprender ese viaje en solitario porque necesitaba aislarme, estaba harta de la intensa vida social que llevaba.
Un café, en la terraza de un bar, me pareció una idea perfecta; esa noche marcaba 40 grados, la temperatura no descendería.
Le vi llegar desde la otra parte del río, vestido con su camisa entallada de flores azules y fondo blanco; resplandecía bajo la luz de la luna. Sus hombros anchos y aquel pantalón blanco llamaron poderosamente mi atención.
Me embrujó su  mirada y su figura.


Adela había retrasado su regreso a casa, por causa de un amor de verano. Creí que no volvería, mas en el fondo tenía la esperanza de que se cansara de aquella aventura.
Se enamoró de aquel andaluz, un mes duró la travesura.
Aquel día del mes de Agosto, una mujer llamó a su puerta con un bebé en brazos. Le rogó por sus muertos y por los vivos. Adela bajó la mirada y se marchó por el mismo camino que había llegado. Estaba segura de que esa no era la solución para aquella mujer, sin embargo, se apartó de su camino. Su aventura no tenía consistencia.
Una más para anotar a su larga lista de amores sin rumbo fijo.
Partió de aquel apartamento, con su maleta y un abanico, hacia la estación del tren. Me contaba que apresuradamente, compró un billete para Madrid.

—Compré un billete de tren y aguardé en la estación, era muy tarde. A las doce de la noche no había pasajeros aguardando y el tren no llegaba. Me pareció extraño.
Un empleado me dijo que aquella no era mi estación y que no me daría tiempo de llegar pues estaba en la otra punta de la ciudad. Mi tren había salido sin mí. 
— Adela, ¿no has pensado en viajar en avión?
— Siempre viajo en avión, lo hago desde que me ocurrió ese incidente.
— ¿Qué pasó?, ¿pagaste otro billete?
— No, no tuve que hacerlo. Te cuento, un chico que estaba en la estación me dijo que llegaría un tren en pocos minutos, que me podía servir aunque no iba para Madrid. Sin embargo, me dijo, que lo enganchaban al mío en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, y que entonces podría cambiarme de vagón y entrar.
— ¡Vaya!
— Me subí. El tren iba prácticamente vacío. Según entré me metí en un vagón, me cubrí totalmente con un chal que llevaba de recuerdo en mi maleta. Dejé mis piernas a la vista con aquellos tacones altos. Pasó el revisor, el hombre fue muy amable, me creyó dormida y no quiso molestar.
No conseguía salir de mi asombro, Adela era muy resuelta.
— ¿Y no regresó? 
— Estuve muy atenta, al llegar al pueblo en cuestión salí corriendo y me trasladé al otro tren. Me instalé en un vagón en el que no había nadie. Llegó un hombre que viajaba solo, no tardó en sacar conversación. No era demasiado atractivo y estaba sudoroso; un hombre extraño, comenzó a decir tonterías. Me dio miedo, con mi maleta en la mano  me trasladé a otro vagón donde viajaba un matrimonio. No pareció agradarles mi presencia, con razón, puesto que el tren estaba vacío; tenía vagones de sobra donde se podía dormir sin necesidad de utilizar su espacio. Sin embargo me invitaron a sentarme en el momento en que él se dio cuenta de que aquel hombre me seguía.
Me había asustado realmente.
— ¡Vaya viajecito que tuviste!, Adela.
— No acaba aquí la cosa.
— Cuéntame…
— Llegó el revisor.
— Ja, ja, ja, me lo estoy imaginando. No sé cómo pudiste llegar a casa ni como estamos hablando aquí tranquilamente.
— Tampoco lo sé, ja, ja, ja. El revisor me vio y dijo ¡Una pasajera que se ha subido en marcha!
—Ja, ja, ¿qué le dijiste?
— No señor, no me subí en marcha, le dije. Usted no me vio antes porque estaría en el servicio. Pero  él me dijo que no, que yo no iba en el tren. Me exigió el billete y me dijo que me haría bajar en marcha. Se lo di, claro está, y  puse cara de niña buena. El hombre me miró fijamente, me preguntó un par de cosas y no dijo nada, lo más importante fue que no me echó del tren.
— ¡Una buena persona!
—Cuando llegué a Madrid hube de tomar otro tren para llegar a casa. Este billete correspondía a un asiento. A mi lado se sentó una señora, me llamó la atención porque comía fruta en pequeñas cantidades constantemente. De pronto me acordé de aquella señora que tanto me había agobiado en mi primer viaje. No me lo podía creer. Era ella, creí morir…
— ¡Increíble!, me estás tomando el pelo.
— Te lo juro.
— ¿No había otro asiento?
— El tren abarrotado. No.
— ¡Qué pesadilla!
— Ese tren hacía paradas. La señora se bajó en una estación, supongo que para comprar más fruta, aunque ella dijo que iba a comprar agua. Cerré los ojos y rogué, “por favor virgencita, que el tren arranque y se quede en tierra”, tres veces recé la misma plegaria.
— ¡No!
— Si, si, ja, ja, después tuve remordimientos.
— ¿Se quedó en tierra?
— Si, tuve que llamar a un revisor porque la señora se dejó una bolsa en el asiento. Me había pedido que la vigilara, la recogieron y la guardaron.
— Me parece todo increíble.
— Es auténtico.
— Bueno y ¿qué hiciste después?
—Recuerdo que pensé ¡Por fin un buen viaje! Me dormí.
Me sentí libre y muy feliz a la llegada del  tren a la estación. Todavía mejor cuando, por fin, abrí la puerta de mi casa y tiré los zapatos. Puse música; descalza y con un café en la mano, miré a la ventana.

Apareció la luna. A miles de kilómetros susurros al oído.
Todavía podía verle llegar cruzando el puente de Triana, todavía podía sentir sus caricias y su forma de besar.
Y al alba, murmullos que llegan del río Guadalquivir.


María Teresa Fandiño
La Coruña, España.


viernes, 15 de abril de 2016

Bella y alicaída, la musa sonreía


Bella y alicaída, la musa sonreía.

Héroe le llaman, pues consiguió ganar mil batallas, mas su amor, Esperanza, es una musa alicaída y bella como Afrodita que habita en un país lejano. 
 
 —Tras haber salido Eolo de su aposento, me ha prestado uno de sus vientos. 

Raudo y veloz partió a conquistarla. 

—No es tan grande la distancia como la fuerza de los vientos, debo ir por ella, me lo pide el alma.
 
¡Barco de vela a la vista!
Cantos y rezos. Brilla su túnica en gris.
Le recibieron con pleitesía tras recorrer tan larga distancia.
Aprovechóse el príncipe de la fantasía y de la ausencia del marido para intentar enamorarla.
Esperanza por el príncipe héroe fue raptada. Dicen… que ella verdaderamente le amaba.
¡Vida feliz la del amor correspondido!, triste la dicha del hombre abandonado quien, sabiendo que raptada fue su amada, partió a buscarla valeroso.
El corazón y la pasión se lo rogaban.
Lucha encarnizada, cruce de espadas, la batalla…Herido ganó lo que, creía, era una pelea; mas percatóse el marido, empecinado y luchador, que la guerra también ganaba. Aún sangraban sus heridas y a su amada, Esperanza, recuperaba. Mirándola todavía con leve desconfianza, a su bella “Hera” perdonó, pues por sortilegio de los dioses había sido seducida.
Un hombre ¡enamorado!, mil puñales y un príncipe embaucador que, por su musa y, gravemente herido, muere. Mientras...ella regresa a su palacio en la distancia.

Bella y alicaída permanece la musa.


María Teresa Fandiño Pérez
16/04/2016
La Coruña, España
Derechos reservados.

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sábado, 2 de abril de 2016

COLOR DE PRIMAVERA publicado por territorio de escritores



De rojo en primavera.

Me vestí de rojo color cereza, escote pronunciado, poca tela.
Una cinturita amorosa.
Llevaba unos enormes tacones que manejaba como títeres, ¡una mañana de Marzo que lucía espléndida! Sus mañanas tienen cara de mariposas.
La primavera llegaba y su olor embriagaba, jazmín y rosas, hierba recién cortada. El calor subía poquito a poco. Salí a la calle con aquel vestido muy orgullosa, una cerveza en la terraza de un bar, cruce de piernas, ¡comienza la primavera!
Paseando por entre las hortensias le vi, su mirada se clavó en mí, en mi vestido color cereza, en mis piernas y, de arriba abajo, me observaba lentamente con sutileza.
Me sentí una diosa. Observé su mirada en sus ojos negros.
¡Cómo le sienta la camisa!
Y su sonrisa…
Me apasiona su pelo negro ondulado, sus hoyuelos, la cremallera de su pantalón vaquero y esa mirada suya cuando, sujetando mi cintura con sus brazos, me susurra al oído ¡te quiero!


María Teresa Fandiño
26/03/2016
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Imagen obtenida de la red









viernes, 1 de abril de 2016

Otelo muere por Desdémona

Otelo muere por Desdémona.

De celos y pasión él se envenena.
¡Injurias sin razón! Burlado llora
por Desdémona, ¡dulce magia mora
en Venecia! el amor sufre de pena.

Maldita la  gran farsa que lo llena
todo de cobardía, y después  llora.
Sátira, burla, su gran canal ora
por venecianos muertos sin condena.

Piel morena se dejó cegar, ¡malditos!
¡La sangre a jarras! las garras sutiles,                                             
Traición de unos "amigos" eruditos.

Sufrió de injuria, sátiras viriles.
¡Por celos la mató! Lamentos, gritos.
De amor se suicidó ¡Tumbas febriles!

María Teresa Fandiño
Derechos reservados.
02/04/2016
Imagen obtenida de la red.