Viajo por las letras con la maleta llena de libros. Escribo novelas y relatos, pero si me siento poética la lleno de poesía o de lírica. Soy "cuentista". ¡Otros van más allá e incluso publican mis historias! Os deseo un paseo agradable por mi blog. Mis trabajos están registrados, podéis usarlos citando la procedencia y sin alterar su contenido, siempre y cuando se utilicen para actividades sin ánimo de lucro.

Mostrando entradas con la etiqueta Gealittera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gealittera. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de agosto de 2017

Patética mujer enamorada - Publicado en la revista digital Gealittera.



¡Patética mujer enamorada!



Paseando ensimismada por una céntrica calle de una pequeña ciudad española, una mujer observaba las flores que nacen en los árboles; su cara llevaba dibujada la tristeza. Dos hombres se acercaban a ella despacio, a través de caminos diferentes. Ambos se habían reconocido, se saludaron y comenzaron a charlar amigablemente.

De pronto, el más joven encontró una madera en un contenedor de basura; parecían restos de una obra, la madera tenía clavos. Comenzó a pegar al otro hombre una y otra vez. El herido cayó al suelo inconsciente; su sangre salía a través de las heridas que le produjeron los clavos; lo hacía a borbotones con cada latido de su corazón. La mujer observaba aterrada, mas no parecía sorprenderse de tal suceso. Un médico acudió a socorrer al herido al mismo tiempo que una pareja de ancianos llamaban a la ambulancia. La mujer, de mediana edad, comentaba el caso a la policía sin inmutarse; quienes tomaron declaración también a los transeúntes.
Ella dijo conocer a los dos hombres y aportó la descripción del atacante.
—Su piel se asemeja a la de un reptil, se está abriendo y casi no puede moverse, está gangrenada. Son los efectos de una droga que consume.
—Desomorfina, la conocemos. Sus efectos son sobrecogedores, se come la carne del cuerpo humano, mientras convierte a las personas en zombis.
—Está muy enfermo.
—Huyó corriendo a través de las calles peatonales, no debe estar tan enfermo como dice usted. —Comentaba uno de los policías.
La mujer relató una excéntrica historia; le había conocido a través de un chat. A pesar de alguna distancia entre ellos, consiguieron conocerse personalmente, ella enloqueció de amor por quien había sido su “príncipe azul", ahora se sentía patética.
Él consumía drogas, cada vez más; llegó a inyectarse, su situación física y económica empeoró. En poco tiempo se arruinó debido al consumo de heroína. Encontró un remedio barato: fabricó una droga en su propia casa, una droga llamada “krokodil” que carcome la piel.
Le despidieron, perdió su casa y se tiró a las calles. No tenía donde dormir pero tampoco tenía modo de preparar la droga. Descansaba en bajos abandonados despreciado por su familia y sus amigos; sin embargo ella lo siguió, intentando ayudarle.
Más adelante comenzó a tener heridas en el cuerpo, su piel parecía de cocodrilo. Su carne se desprendía y de esta forma, podían verse sus huesos en las profundas heridas que tenía en algunas zonas de su cuerpo. Se sentía atormentado por un profundo olor a muerte lenta y sin remedio, una muerte terriblemente dolorosa; intentaba dejar las drogas mas le resultaba muy difícil, casi imposible.
Después de tres días, una operación y muchos puntos en su cuerpo, el otro hombre se despertó en un hospital. Decía que había soñado mucho, que hacía mucho tiempo que no dormía tan bien, que soñaba con la primavera, música, las margaritas, flores de colores y el sonido del viento… ¡Agonizaba en una cama de hospital! Sin embargo se apreciaba que hasta ese momento había sido un hombre sano, no consumía drogas. Sospechaban quienes lo atendían: ¿Por qué razón llevaba krokodil en el bolsillo cuando entró en el hospital?

Tal vez era él quién lo distribuía.


María Teresa Fandiño.
Derechos reservados.
La Coruña.

España.







viernes, 16 de junio de 2017

¡Qué buena idea! - Para la revista Gealittera.

Os dejo la revista Gealittera del mes de Junio. Ha quedado preciosa, viene llena de poesía y relatos. Deseo que os guste y la disfrutéis.
http://revistagealittera.blogspot.com.es/2017/06/gealittera-34-viaje.html


¡Qué buena idea!


Durante los últimos meses aparté dinero y lo escondí en mi caja de música. Al abrirla suena una canción y, como si agradeciera mi esfuerzo, una bailarina me alegra el corazón.
Cada mes me costaba un mayor esfuerzo, pero me sentía más cerca de ese viaje que me gustaría hacer. Deseaba visitar Florencia o bien el palacio de Versalles en París…
¡Imposible!
No alcanzaba. El dinero salía al mismo ritmo y de la misma forma que entraba en la caja. Me sentía agobiada y necesitaba salir de mi casa, viajar…Ni siquiera a través de la ventana podía apreciar el paisaje; allí permanecía la bruma junto al río que, armonioso, parecía susurrarme al oído mientras la humedad del ambiente rezumaba con generosidad.
Durante unos años sufrí en silencio, me consolaba viajar a través de la pantalla del televisor; sentada en mi sofá la envidia hacía mella en mí, me rechinaban los dientes, me mordía la uñas…Deseaba situarme en cada lugar con el que me sorprendía aquel programa de televisión. Viajé por todo el mundo, recorrí las costas de Italia y de Grecia; más tarde visité la Capadocia y Estambul en Turquía. Recorrí la selva negra en Baden-Wurtemberg, Alemania, y paseé por el parque Lazienkien, en Varsovia, escuchando un concierto de piano de Chopin. Crucé el puente de Londres, y visité su museo de ciencias naturales. Estuve en la Torre Eiffel de París, allí creí ver al aviador que pasó bajo la torre hace tantos años y paseé por el jardín de las Tullerías. Me fascinó Miami, Buenos Aires y Perito Moreno, la ciudad de Nueva York llena de edificios gigantes, de gente, de comercios y luces de neón…
Mis viajes virtuales no me satisfacían, al igual que en una película de amor, no podía saborear su tacto. Un día, de visita en el metro de Moscú casi me da un ataque de envidia, de agobio o una mezcla de ambos. Necesitaba tomar una medida urgente.
¡Ahorré todo cuanto pude! Intenté prescindir de la peluquería, de cenas con amigos, rebajé presupuestos…
¡Imposible!
Mi vida interior se enriquecía cada vez más como consecuencia de mi aburrimiento. Debería de vencer aquel estancamiento o entraría de lleno en una depresión. Me sentí ineficaz para llevar una economía doméstica, pues no era capaz de incrementar mi recaudación. Siempre aparecía un gasto extraordinario, si no era la rotura de un grifo, era la del automóvil.

Soñé con una pradera llena de billetes verdes, ese día descubrí que estaba obsesionada, era urgente en extremo tomar medidas.

Tomé una decisión, robaría. Lo haría de una forma inteligente, no quería acabar en la cárcel; desde allí no se puede viajar. Después de meditar sentada en el suelo, en mi posición de indio en las películas antiguas, se me ocurrió algo brillante.
¡Qué buena idea!
Me apeé de mis tacones y me enfundé unas zapatillas roídas; dejé de ducharme cada día, pues una vez por semana me daría mejor imagen y me bastaría…me presenté en «la cocina económica» allí dan de comer a los pobres; fuimos en manada, claro está, pero me ahorré un buen dinero cada día.
Además adelgazaría.
Un día, al atardecer, me encontré en una esquina suplicando: deme algo, deme algo…
¡Y me daban!
La gente me preguntaba por qué pedía, y yo gritaba: ¡ITALIA! ¡ITALIA!
Realmente deseaba con todas mis fuerzas llegar a Italia y poder regresar después a casa, claro está; como hablaba con acento italiano, me creían. Me sirvieron las clases de italiano que había tomado en aquella época de «vacas gordas», en la que había viajado; había podido permitírmelo.
La gente se paraba, les daba lástima y siempre tenían un dinero para mí, creían que pedía para regresar a mi casa.
Yo, inmutable.
Al final del día les doy algún dinero a mis compañeros mendigos, ellos lo necesitan para comer…Esa acción me hace sentir pletórica, me consuela pensar que al menos puedo sentirme bien de esta forma.

Sin embargo alguna vez pienso: «A ver si alguno de estos está pidiendo para irse de viaje….» Pudiera ser, mas «No deben pagar justos por pecadores»
Cierro los ojos y me veo ya en la Plaza de la Señoría observando al falso David de Miguel Ángel, o tal vez en la Galería de la Academia visitando al verdadero.

Cierto es que allí estaré, ¡hoy he comprado mi billete! mi caja de música suena más y más...

María Teresa Fandiño
15/06/2017
La Coruña, España
Derechos reservados
















Imagen de Florencia tomada de la red.

martes, 23 de mayo de 2017

Goethe y su ocios laborioso - Revista Gealitea


Os dejo el nuevo número de la revista "Gealittera" correspondiente al mes de Mayo. En ella encontraréis poesía y narrativa, os gustará. Este mes el tema se basó en : Leer.

Esta vez me sitúo al final, con mi relato "Goethe y su ocio laborioso"

Deseo que os guste.

María Teresa Fandiño
Derechos reservados.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Una rosa azul - Revista Gealittera Febrero 2017


Una rosa azul.

Huele a rosas azules y bizcochos caseros; a su perfume, a sal del Océano Atlántico.
Huele a él.
Un día de sol me ofreció un beso, un abanico de canciones, la alegría en dos corazones y una sonrisa de amor. 
¡Qué frescura!
Me iluminó la esperanza de conseguir un sueño, me sorprendió una rosa azul y el tacto de su piel, me enamoró un poema para un niño… 
¡Qué armonía!
¡Qué ternura!
Ahora, pasa ante mi espejo una arruga 
¡Me incomoda esa arruga prematura!
¿Dónde está la niebla?
Emerge una tristeza solapada, un abanico de problemas, una lucha contra el tiempo encarnizada.  ¡Qué tortura!
Recuerdos en unas fotografías, miradas y caricias de mi niñez. Una vieja caja de galletas vacía exporta sonrisas, poemas y melancolía. Todavía perdura  mi abanico de canciones.
Está presente el recuerdo de un pasado cercano, donde habita el sentimiento y la nostalgia de la juventud; en un claro-oscuro de la infancia  anhelo ser niña, el paso del tiempo no cura el recuerdo.
¡No, no tiene cura!
Mas todavía habita, en los rincones más incógnitos de mi alma, el tacto de su piel entre la niebla.

María Teresa Fandiño
A Coruña, España 


martes, 15 de noviembre de 2016

Una máscara amiga

- Una máscara amiga - 
Relato publicado en Gealittera, revista digital.

Una máscara amiga

Resultan molestas las manifestaciones debido a los ruidos, los pitidos, las canciones…Sin embargo, la gente se detiene para observarlas, sirven de motivo de charla y las comentan al tiempo que pasan; incluso se unen a ellas.
Ese día los manifestantes se disfrazaron de personajes de cuentos y de payasos, acudieron a su peculiar acto con máscaras acordes a su vestimenta. Llegaron a la plaza en silencio, y aguardaron el anochecer. Vestían trajes de colores vivos y de lunares, resaltaban a su paso bajo las luces de las farolas como si fueran fantasmas; la plaza se iba llenando de ellos.
Aquella masa de gente empezó a murmurar algunos sonidos que al principio no se entendían, luego elevaron un poco el tono de voz; parecían lamentos, lloros, susurraban con espanto.
Los niños poco a poco, se alejaban.
Algunos lloraron en las calles porque los personajes de sus cuentos como Pinocho, Peter Pan, Cenicienta, Blanca Nieves…. se asemejaban a unas almas en pena; unos diez mil personajes avanzaban por todo el ancho de la carretera, a un mismo paso la masa se balanceaba.
Carecían de bandera y de marca.
No sé qué fue lo que me provocó más miedo, ¿qué digo miedo?, ¡terror!; tal vez fueron sus máscaras que protegían sus caras o tal vez el contraste con su llanto. ¡Esas caras cubiertas! ¡Esos sollozos que inspiraban terror! sus vestimentas ¡Esas sonrisas patéticas! Me pareció Inaudito que portaran muñecas descabezadas y juguetes rotos. Se intuía la maldad, no…¡los niños jamás se acercarían a ellos! ¡Qué miedo daban!
¿Qué tipo de personas podrían actuar así?
Se colocaron en círculos; de pronto, comenzaron a retirar las máscaras y
pude ver una cara de niña, la observé. La melena larga, rubia, humedecida por el sudor se pegaba a su frente. Pude apreciar su sonrisa complaciente, su bondad. Desplegó una pancarta, las letras eran muy grandes.
Descubrí bajo sus disfraces a muchos ancianos, niños, también hombres y mujeres jóvenes que sonreían al tiempo que desplegaban sus pancartas.
Todas comenzaban con la misma pregunta: “¿En quién confían los niños?”, cada una portaba su propia respuesta.
Ellos son seres angelicales, chispas de inocencia que cualquiera puede asustar. — o tal vez… embaucar... ¡Según la apariencia!
Escuché sus conversaciones.
—Me ha sabido mal. No volveré a participar en ningún experimento sociológico. Los niños se sienten defraudados.
—No era nuestra intención defraudar a los niños, sino hacerles ver que no pueden confiar en todas las personas; a veces lo hacen solamente porque llevan puesta una máscara amiga.

No todos los adultos amigos son buenos.

María Teresa Fandiño
La Coruña, España.
Derechos reservados.




miércoles, 26 de octubre de 2016

Lágrimas de nostalgia

Lágrimas de nostalgia

Amor…en la distancia fuego
y en los sueños placer.

Hoy soñé contigo.
¿Qué soñaste?
Lo olvidé.
¿Lo olvidaste o era pecado?
Tal vez era pecado.

Apenas hay pecados.
¿Qué pasó con ellos?
Se convirtieron en cosas comunes.
Entonces ahora se puede amar en sueños.
Antes también.

Antes era pecado.
Y un placer.
En ellos puedo besar tus labios.
¿Un par de besos húmedos?
¿Cómo lo sabes?

No lo sé.
¿Lo adivinas?
Lo soñé.
¿Lo soñaste o lo soñé?
Lo soñamos, tal vez.

Te quiero en sueños.
¿Sólo en sueños?
Te quiero en mis sueños
Y yo en los míos también
¿Qué soñaste?

Te acaricié ¿Qué soñaste tú?
Sentí tus caricias al anochecer.

María Teresa Fandiño.
Derechos reservados.
La Coruña, España
15/10/2016


Pincha en el enlace y se abrirá la revista.
https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_26/1?e=12148429/39513643


viernes, 30 de septiembre de 2016

Cada uno de los participantes en la revista, ha expresado sus deseos.
El mío también existe. Es Gealittera una revista bonita e interesante.
Ahora mi deseo es que os guste.
https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_-25-_deseo/3?e=12148429/38771055



https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_-25-_deseo/3?e=12148429/38771055



lunes, 15 de agosto de 2016

Era astuto el caballero - Revista digital Gealittera -

Era astuto el caballero es uno de los relatos contenidos en el nº 24 de la revista Gealittera, correspondiente al mes de Agosto.
El tema en este número es la mentira.
Pinchad en este enlace para tener acceso a la lectura de la revista.

http://l.facebook.com/l.php?u=http%3A%2F%2Fissuu.com%2Fcarmenmembrillaolea%2Fdocs%2Fgealittera_____24____mentiras%2F1%3Fe%3D12148429%252F37797861&h=TAQEQFOlp








viernes, 15 de julio de 2016

Una noche de verano y una constelación.- Gealittera -

http://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_23._magia/1?e=12148429/37113591

Una noche de verano y una constelación.

Me miraste con brillos en tus ojos
¡con destellos! y vi como fluías
surcando el cielo, ¡qué feliz reías!

En esta noche vi magia en tus rojos
y azulados espasmos, tus sonrojos
majestuosos y ¡cómo revivías!
Rodeada de amigas exhibías

vanidosa tu espejo, tus antojos.
¡Mi loca luminosa! con tu trono
de reina luces más que osa mayor
a la que eclipsas, mía te corono.

Eres reina, en la noche eres icono
de belleza, en el norte eres fulgor.
Por ti en las noches claras, me emociono.

Linda estrella, en tu trono
al compás de la magia eres el hada.
¡Casiopea!, mi dulce enamorada.

María Teresa Fandiño.
La Coruña, España.
Imagen obtenida de la red.


En la mitología griega, Andrómeda era la hija de Casiopea y Cefeo, el rey de Etiopía. Su madre estaba tan orgullosa de su belleza y de la de su hija que declaró que eran más hermosas que las Nereidas, lo cual enfureció a estas hijas del mar y se quejaron con el dios Poseidón. Éste amenazó con enviar una inundación y un monstruo marino llamado Cetus para destruir el reino por semejante ofensa.
Ante el temor de ver su pueblo destruido, los reyes consultaron al Oráculo de Amón, que les explicó que la única forma de salvar a su pueblo y calmar la ira de Poseidón era entregar en sacrificio a su hermosa hija Andrómeda al monstruo. Los reyes no tuvieron más opción que encadenar a Andrómeda a unas rocas para que Cetus acabara con su vida, pero prometieron que si alguien la salvaba, le darían su mano en matrimonio.
Desesperada y clamando piedad, los gritos de Andrómeda llegaron a los oídos de un jinete que sobrevolaba los cielos sobre su caballo alado. Este jinete era Perseo, que acababa de derrotar a Medusa cortándole la cabeza y montaba a su Pegaso. Al ver a la joven abatida y al monstruo marino acercándose a ella, voló velozmente hacia éste y le acercó la cabeza de Medusa para que se convirtiera en piedra, hundiéndose luego en el mar.
En cuanto desencadenó a Andrómeda, ambos se miraron a los ojos y se enamoraron. Sus padres, que habían prometido que su salvador podría casarse con ella, no cumplieron su palabra y Casiopea quiso acabar con la vida de Perseo, pero éste se defendió convirtiéndolos en piedra. Zeus colocó las imágenes de Cefeo y Casiopea en el cielo, y Poseidon castigó a la reina por su traición y por su arrogancia, colocándola sentada en su trono de tal forma que en algunas estaciones del año quedara boca abajo.
Perseo regresó a su isla para casarse con Andrómeda.
Luego, la diosa Atenea colocó sus imágenes juntas en el cielo, cerca de Casiopea y Cefeo, y del caballo alado Pegaso y del monstruo marino Cetus. Así nacieron sus respectivas constelaciones.

De: http://sobregrecia.com/2009/02/06/la-leyenda-de-andromeda/



jueves, 16 de junio de 2016

Huele a hogar


                                                                     Imagen obtenida de la red


HUELE A HOGAR

Las ventanas eran de madera vieja. Todavía no había llegado el frío del invierno, la brisa  entraba a través de una ventana entreabierta de mi cuarto, me agradaba; me abrigaba bien y me dormía. Soñaba...soñaba con un lugar lleno de mariposas, colores y aromas de primavera. De la primavera pasaba al invierno, olor a humedad;  al fin y al cabo en mis sueños y en mis cuartillas podía vivir en la estación del año que más me apeteciera. Me reconfortaba encontrarme entre sábanas y mantas gruesas por las noches y entre letras por las mañanas. Podía imaginar.
—Tal vez la realidad no sea más que pura invención —me decía a mí misma, en mi soledad.
—Tal vez  pudiera ser real aquello que escrito en hojas de papel, se deja leer —me respondía a mí misma.
En mis fantasías bien pudiera ser un mago, un hombre con poder, una mujer fatal o una astronauta recién llegada de un viaje espacial.
Viajaba mi imaginación en barca y a través de las letras.
Me gustaba retirarme al campo para escribir, allí mi barca no se hundía.
La casa tenía vida propia, no me asustaba  porque habiendo nacido en ella, la conocía bien. Sin embargo, a mis amigos les resultaba impactante. Estaba desvencijada, a veces parecía gemir; en sus lamentos olía a madera vieja. Se  podía intuir su pasado. Sus rincones, junto con sus pinturas, sus lámparas y sus relojes, contaban historias maravillosas de tiempos pasados.
Las musas no la abandonaban, se sentían a gusto allí.
En mi dormitorio podía concentrarme. Sobre mi escritorio siempre había flores silvestres que llenaban de fragancia el cuarto. A mi izquierda, a través de la vieja ventana de madera, entraban los primeros rayos de sol de la mañana; desde allí podía disfrutar de las vistas del río y de la naturaleza. Me asomaba a la ventana, escuchaba la melodía  que venía del río….Escribía.
Algunos me llamaban loca, otros me decían rara.
Pasaban las horas tan rápido en compañía de mis apuntes, que a veces me olvidaba de comer.
Mi familia estaba desperdigada, cada uno en su ciudad, en sus pisos y apartamentos modernos. Comprendía que mis abuelos se hubieran ido a la ciudad, a vivir en un piso confortable con ascensor y calefacción; sin embargo a mí me enamoraba la paz y el aroma de aquel lugar. Desde mi ventana veía a la gente pescar truchas y  en primavera todo se llenaba de flores, me alegraban, me inspiraban.
Desde mi ventana entre abierta, respiraba la frescura del agua del río. Los árboles en primavera se visten de colores, del tono de las flores y forman un arcoíris difícil de igualar en las pinturas. 
Acudía siempre que podía, disfrutaba de independencia y soledad excepto en Navidad, entonces era el momento de conceder una tregua. Todos llegaban a la casa con la misma intención, un intento de hacer paréntesis en sus vidas y pasar unos días inolvidables juntos. Lo hacían estresados, dejaban sus problemas por el camino junto al río. Los eucaliptos que seguían el cauce, daban olor a toda la zona a través del camino a casa. ¡Qué placer el aroma del campo! Sonreían.
—Niños, oler esto que en la ciudad no lo pillamos.
—¡Huele raro, mamá!
—¡Son los eucaliptos!.
Cuando llegamos a la casa, aroma a tomate en rama.
En el salón huele a leña ardiendo en la chimenea. Y en la cocina, al cocido de la abuela.

María Teresa Fandiño Pérez.

La Coruña, España.

https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_22/1?e=12148429%2F36374137


domingo, 15 de mayo de 2016

Tú, el murmullo del río y el sonido del tren - Publicado por Gealittera, revista digital


Tú, el murmullo del río y el sonido del tren

https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_21-traves__as/141?e=12148429%2F35576842

Adela era una buena amiga, hablaba mucho. Contaba sus aventuras durante aquel viaje con nostalgia y de forma divertida.
Su conversación era amena, lo que facilitaba la tarea de escuchar.

Subí al tren muy ilusionada. Aquella era la primera vez que viajaba sola.
Me sentí libre y muy feliz cuando el tren arrancó. Me había comprado un  pantalón vaquero azul oscuro y una camiseta blanca.
Durante la primera parte del trayecto fui leyendo y escuchando música. En un momento de confusión, observé a una señora que comía frutas, llamó mi atención. Una mujer excesivamente delgada, pelo rubio muy corto, de una edad avanzada que no paraba de hablar. Sólo callaba para comer pequeñas cantidades de fruta, a lo largo del viaje comió constantemente. Desconocía en qué parte del trayecto se había subido al  tren. Estaba segura de que no estaba allí cuando arrancó.
Me pareció extraña su presencia. El tren no había hecho ninguna parada.
Ella hablaba para todos; sus enfermedades y sus frutas no me importaban en absoluto. Hacía calor, comencé a sudar. Llegué a Madrid agobiada, cuando la perdí de vista me sentí un poco aliviada.
Muy deprisa cambié de estación para subir a otro tren, agotada después de seis horas de viaje. La sensación de calor aumentaba por momentos. No tenía reserva de hotel, no sabía dónde me hospedaría.
Comenzaba mi arrepentimiento, no creía que hubiera sido una buena idea.
Llegué a Sevilla al día siguiente muy de mañana, después de una noche de fiesta en el tren, cantando y dando palmas con una familia de andaluces que llegaban de regreso a casa, y con quienes lo pasé estupendamente.
Por la mañana me sentía  pegajosa y cansada. En la estación el termómetro marcaba  45 grados. El aire se sentía irrespirable, abundaban los  mosquitos.
Encontré un kiosco, compré el periódico y pregunté por un lugar limpio donde dormir. La kiosquera me miró raro. Sin embargo, se decidió a darme las señas de uno de ellos.
Al entrar mis ojos se cegaron, víctimas del contraste con la luz del cielo de Sevilla. Me sentí insegura y, replanteándome la conveniencia del lugar que había escogido, decidí que el sitio no me desagradaba. Sin embargo no había ninguna habitación disponible.
Estaban agotadas las reservas. Me senté en un sillón de color granate, de aquel hermoso hall, y reposé mi cabeza. Un empleado se acercó y me preguntó qué pretendía hacer.
—Aguardaré a que algún huésped deje su habitación.
—Eso no es posible, señorita. No quedarán habitaciones disponibles hoy.
—No tengo pensado levantarme de este sillón, estoy agotada.
Me miró con soberbia.
Se dignó a ofrecerme una pequeña habitación, me pareció incluso un lujo el hecho de que tal habitáculo, tuviera dos ventanas que abrían hacia un patio de manzana. En realidad había presentido que dormiría en la calle, así que no sólo me conformé, sino que incluso me sentí bien. Abrí las ventanas y la puerta, el aire no circulaba. Me acerqué a un gran espejo que decoraba la pared y vi mi rostro. ¡Penoso!, mi aspecto era deleznable, mi cara…se había tornado azul. Mi vaquero nuevo había desteñido con el calor y habiéndome frotado la cara por el sudor, me asemejaba a una vagabunda azul, sucia.
Recordé las mirada de la kiosquera y del empleado del hotel...Me sentía patética.
Me sumergí en una ducha muy fría; el calor no cesaba, no podía pensar; mi cerebro estaba abotargado. Con aquellas ventanas abiertas, y a pesar de los mosquitos, me recosté desnuda sobre la cama y dormí profundamente.
Descansé durante horas.
Cuando desperté apareció la luna llena. 
Decidí recuperar mi imagen femenina, me puse un vestido de seda azul y unos tacones altos. Bajé aquella escalera como una diva, el encargado que permanecía tras el mostrador, me miró y sonrió. Le gustaba mi nuevo aspecto, me surgió la duda de que quizás me hubiera espiado mientras dormía, a través de aquella ventana que daba al patio de manzana en una primera planta.
Tenía cara de perverso.
Me senté a cenar en el restaurante. La velada transcurrió entretenida, una  charla amena conmigo misma, hizo que me sintiera bien. Había decidido emprender ese viaje en solitario porque necesitaba aislarme, estaba harta de la intensa vida social que llevaba.
Un café, en la terraza de un bar, me pareció una idea perfecta; esa noche marcaba 40 grados, la temperatura no descendería.
Le vi llegar desde la otra parte del río, vestido con su camisa entallada de flores azules y fondo blanco; resplandecía bajo la luz de la luna. Sus hombros anchos y aquel pantalón blanco llamaron poderosamente mi atención.
Me embrujó su  mirada y su figura.


Adela había retrasado su regreso a casa, por causa de un amor de verano. Creí que no volvería, mas en el fondo tenía la esperanza de que se cansara de aquella aventura.
Se enamoró de aquel andaluz, un mes duró la travesura.
Aquel día del mes de Agosto, una mujer llamó a su puerta con un bebé en brazos. Le rogó por sus muertos y por los vivos. Adela bajó la mirada y se marchó por el mismo camino que había llegado. Estaba segura de que esa no era la solución para aquella mujer, sin embargo, se apartó de su camino. Su aventura no tenía consistencia.
Una más para anotar a su larga lista de amores sin rumbo fijo.
Partió de aquel apartamento, con su maleta y un abanico, hacia la estación del tren. Me contaba que apresuradamente, compró un billete para Madrid.

—Compré un billete de tren y aguardé en la estación, era muy tarde. A las doce de la noche no había pasajeros aguardando y el tren no llegaba. Me pareció extraño.
Un empleado me dijo que aquella no era mi estación y que no me daría tiempo de llegar pues estaba en la otra punta de la ciudad. Mi tren había salido sin mí. 
— Adela, ¿no has pensado en viajar en avión?
— Siempre viajo en avión, lo hago desde que me ocurrió ese incidente.
— ¿Qué pasó?, ¿pagaste otro billete?
— No, no tuve que hacerlo. Te cuento, un chico que estaba en la estación me dijo que llegaría un tren en pocos minutos, que me podía servir aunque no iba para Madrid. Sin embargo, me dijo, que lo enganchaban al mío en un pueblo cuyo nombre no recuerdo, y que entonces podría cambiarme de vagón y entrar.
— ¡Vaya!
— Me subí. El tren iba prácticamente vacío. Según entré me metí en un vagón, me cubrí totalmente con un chal que llevaba de recuerdo en mi maleta. Dejé mis piernas a la vista con aquellos tacones altos. Pasó el revisor, el hombre fue muy amable, me creyó dormida y no quiso molestar.
No conseguía salir de mi asombro, Adela era muy resuelta.
— ¿Y no regresó? 
— Estuve muy atenta, al llegar al pueblo en cuestión salí corriendo y me trasladé al otro tren. Me instalé en un vagón en el que no había nadie. Llegó un hombre que viajaba solo, no tardó en sacar conversación. No era demasiado atractivo y estaba sudoroso; un hombre extraño, comenzó a decir tonterías. Me dio miedo, con mi maleta en la mano  me trasladé a otro vagón donde viajaba un matrimonio. No pareció agradarles mi presencia, con razón, puesto que el tren estaba vacío; tenía vagones de sobra donde se podía dormir sin necesidad de utilizar su espacio. Sin embargo me invitaron a sentarme en el momento en que él se dio cuenta de que aquel hombre me seguía.
Me había asustado realmente.
— ¡Vaya viajecito que tuviste!, Adela.
— No acaba aquí la cosa.
— Cuéntame…
— Llegó el revisor.
— Ja, ja, ja, me lo estoy imaginando. No sé cómo pudiste llegar a casa ni como estamos hablando aquí tranquilamente.
— Tampoco lo sé, ja, ja, ja. El revisor me vio y dijo ¡Una pasajera que se ha subido en marcha!
—Ja, ja, ¿qué le dijiste?
— No señor, no me subí en marcha, le dije. Usted no me vio antes porque estaría en el servicio. Pero  él me dijo que no, que yo no iba en el tren. Me exigió el billete y me dijo que me haría bajar en marcha. Se lo di, claro está, y  puse cara de niña buena. El hombre me miró fijamente, me preguntó un par de cosas y no dijo nada, lo más importante fue que no me echó del tren.
— ¡Una buena persona!
—Cuando llegué a Madrid hube de tomar otro tren para llegar a casa. Este billete correspondía a un asiento. A mi lado se sentó una señora, me llamó la atención porque comía fruta en pequeñas cantidades constantemente. De pronto me acordé de aquella señora que tanto me había agobiado en mi primer viaje. No me lo podía creer. Era ella, creí morir…
— ¡Increíble!, me estás tomando el pelo.
— Te lo juro.
— ¿No había otro asiento?
— El tren abarrotado. No.
— ¡Qué pesadilla!
— Ese tren hacía paradas. La señora se bajó en una estación, supongo que para comprar más fruta, aunque ella dijo que iba a comprar agua. Cerré los ojos y rogué, “por favor virgencita, que el tren arranque y se quede en tierra”, tres veces recé la misma plegaria.
— ¡No!
— Si, si, ja, ja, después tuve remordimientos.
— ¿Se quedó en tierra?
— Si, tuve que llamar a un revisor porque la señora se dejó una bolsa en el asiento. Me había pedido que la vigilara, la recogieron y la guardaron.
— Me parece todo increíble.
— Es auténtico.
— Bueno y ¿qué hiciste después?
—Recuerdo que pensé ¡Por fin un buen viaje! Me dormí.
Me sentí libre y muy feliz a la llegada del  tren a la estación. Todavía mejor cuando, por fin, abrí la puerta de mi casa y tiré los zapatos. Puse música; descalza y con un café en la mano, miré a la ventana.

Apareció la luna. A miles de kilómetros susurros al oído.
Todavía podía verle llegar cruzando el puente de Triana, todavía podía sentir sus caricias y su forma de besar.
Y al alba, murmullos que llegan del río Guadalquivir.


María Teresa Fandiño
La Coruña, España.


viernes, 15 de abril de 2016

Bella y alicaída, la musa sonreía


Bella y alicaída, la musa sonreía.

Héroe le llaman, pues consiguió ganar mil batallas, mas su amor, Esperanza, es una musa alicaída y bella como Afrodita que habita en un país lejano. 
 
 —Tras haber salido Eolo de su aposento, me ha prestado uno de sus vientos. 

Raudo y veloz partió a conquistarla. 

—No es tan grande la distancia como la fuerza de los vientos, debo ir por ella, me lo pide el alma.
 
¡Barco de vela a la vista!
Cantos y rezos. Brilla su túnica en gris.
Le recibieron con pleitesía tras recorrer tan larga distancia.
Aprovechóse el príncipe de la fantasía y de la ausencia del marido para intentar enamorarla.
Esperanza por el príncipe héroe fue raptada. Dicen… que ella verdaderamente le amaba.
¡Vida feliz la del amor correspondido!, triste la dicha del hombre abandonado quien, sabiendo que raptada fue su amada, partió a buscarla valeroso.
El corazón y la pasión se lo rogaban.
Lucha encarnizada, cruce de espadas, la batalla…Herido ganó lo que, creía, era una pelea; mas percatóse el marido, empecinado y luchador, que la guerra también ganaba. Aún sangraban sus heridas y a su amada, Esperanza, recuperaba. Mirándola todavía con leve desconfianza, a su bella “Hera” perdonó, pues por sortilegio de los dioses había sido seducida.
Un hombre ¡enamorado!, mil puñales y un príncipe embaucador que, por su musa y, gravemente herido, muere. Mientras...ella regresa a su palacio en la distancia.

Bella y alicaída permanece la musa.


María Teresa Fandiño Pérez
16/04/2016
La Coruña, España
Derechos reservados.

https://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_20._distancia




viernes, 11 de marzo de 2016

Me cegó la luz de tus estrellas Revista digital Gealittera

Me cegó la luz de tus estrellas


Un día quise volar, ¡lo deseé con tanta vehemencia, con tanto amor!
Me embrujó la luz de tus estrellas. Pregunté y me dijeron que estabas en el cielo. Cerré los ojos y soñé contigo. Y con ellos cerrados, suplicando, me elevé hacia ti lentamente. Llegué a las nubes, jugué con ellas y, mecidas por el aire, me balanceaba. El sol ardía, me resguardé bajo una sombrilla de colores y, por momentos, en sus nieblas para refrescarme.
La noche acudió y pude verte. ¡Creí morir!
Sin poder dejar de observarte ni un segundo, llegó el alba... Después de unos días, y unas cuantas noches en vela, mirándote, las nubes comenzaron a moverse; viajaban hacia otras tierras y, a través de los huecos que surgían entre ellas, conocí paisajes, mares, montes, caminos, lugares y personas irrepetibles. Durante la noche me recostaba sobre ellas, me acunaban, me adormecía y me sentía bien.
La luna me miraba en marfil, me embrujaba como queriendo besarme.
Tú siempre estabas ahí, sentada en tu silla de reina y tu corona sobre tu cabeza. Pude observar tus cinco estrellas más brillantes. Ellas nunca se separaban, parecían estar sujetas por un cordoncillo.
Brillaban como nunca las había visto, tan cerca y tan lejos.
Reconocí en mí la fuerza y el poder.
En pie sobre las nubes sobrevolé las montañas, observé pequeños pueblos nevados. Los picos de tu corona me guiaban, señalaban norte.
Cruzábamos sobre el fiero océano cuando lo visitó el diablo. Juntos, el maligno y Lucifer, arrasaban las pequeñas aldeas de la costa con la fuerza de mil demonios. Las nubes se enfurecieron, comenzaron a pelearse unas contra otras, rayos y truenos. Me asusté, mas tú siempre estabas sobre mí, con tu M de madre y tus luces encendidas.
Un avión de pasajeros cruzó las nubes a mucha velocidad, algunos de ellos me vieron y se sorprendieron, los niños reían. ¡No todo el mundo puede volar y surfear por el cielo!, me vapuleó. Me entró vértigo y perdí el equilibrio, extendí los brazos para sujetar mi caída. Desperté en mi cama sujeto al suelo. Sé que no fue un sueño, ¡tal vez un milagro! Volé más allá del imposible, cerca del universo.


Deseaba llenarme de tu luz radiante, de tus colores. Casiopea, inundas mi cielo con tus destellos.


María Teresa Fandiño Pérez

A Coruña, España
15/01/2016
Fotografía de Revista Gealittera

http://revistagealittera.blogspot.com.es/


lunes, 15 de febrero de 2016

Un caballo azul con cola blanca

Si pinchas en este enlace la revista se abrirá y podrás leer cuentos, relatos, poesía y lírica.

Esta vez he publicado lírica, mi preferida, está en "relatos" en la página 111.

http://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_18/1?e=12148429/33347429


martes, 15 de diciembre de 2015

No me quieras tanto

Escribí "No me quieras tanto" para el día en que se conmemora la lucha contra los malos tratos, 25 de Noviembre de 2015

Ha sido publicado por la revista digital Gealittera, tema "futuro".

No me quieras tanto

El amor es sencillo,
brisa suave, confianza, mar cristalino.
Llegaste fingiendo amarme
mas me agotaron tus mentiras.

Aguardando impaciente tu partida,
soplaba cada vez más fuerte, intentando darle
espacio a tu guarida; ahuyentar, con el aire,
esa nube negra y tormentosa, tu dura compañía.

De pronto, como una incongruencia,
sentí que eras tú, quien me arrancabas la vida
con la frialdad de tus ojos traicioneros.
Desde que por fin no estás, descubrí la soledad,
noches de pesadillas y también de sueños.

Sin embargo, amor mío, hoy te pido…
no me quieras,
Devuélveme el aire que te llevaste,
devuélveme la vida que me robaste
envuelta en golpes y sábanas de lino.

Quiero vivir en mí, sin que me quieras,
navegar en paz guiada por las estrellas.
Quiero gozar, mas tú, que fuiste mi vida y mi ruína,
eres nubarrón negro y húmedo, eres calor
bochornoso, amenazas  pesadillas

Una agonía.

María Teresa Fandiño.
Derechos reservados.
Imágenes de Gealittera

A Coruña 28/11/2015https://drive.google.com/file/d/0By4QelLM6MOJRmhkSWF1MFRrNEU/view?pref=2&pli=1










lunes, 16 de noviembre de 2015

De la ternura al odio - Revista digital Gealittera, nº 15 Noviembre

De la ternura al odio

Cogidos de la mano dos amantes,
en la noche vestidos con tejidos
de tules transparentes, jadeantes
se escondieron tras fresnos florecidos.

Silente finaliza en primavera
la pasión. Se amamanta, de la leche
del rencor, el dolor de una pantera,
criatura que pudiera ser que aceche,

pues nadie en este gélido planeta
hay, que no quiera amor en un verano
cálido, cual candor de una violeta.

Cual serpiente, veneno muy cercano,
el fresno ya no puede ser su meta
trae un odio mortal, amor insano.

María Teresa Fandiño
15/11/2015
Derechos reservados
Imagen Gealitterata
http://revistagealittera.blogspot.com.es/2015/11/gealittera-n15-opuestos.HTML

jueves, 15 de octubre de 2015

Leucosia, mi bella sirena poetisa

http://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_14/81?e=12148429/30614198
Página 80 de la revista
Leucosia, mi bella sirena poetisa

De frente al horizonte, me confieso
ante mi mundo fiero y puritano.
Busco el fulgor que da una suave mano
tu abrazo, tu poema, un tierno beso

Encontré en ti el calor. Febril regreso
y por ti seré pez, seré un arcano
Navegaré a tu lado, muy ufano
y en el fondo marino cual poseso

Te vi tras una roca desde el barco.
En mi corazón, loca de pasión
clavaste aquella flecha con el arco,

que a Cupido robaste en un balcón.
Dulce esperanza en ese desembarco,
Tu poema sereno, una canción

sale del corazón
Feliz busqué en tu mar espuma un día
y encontré aquel sabor a fantasía.

María Teresa Fandiño
La Coruña, España
15/10/2015
Derechos reservados


 



martes, 15 de septiembre de 2015

Toda una vida queriéndote


TODA UNA VIDA QUERIENDOTE

De niño me visitaban las brujas, se reían de mí y cuando pasaban por delante de mi habitación me gritaban, no, mejor dicho me chillaban, porque sus sonidos eran agudos y entraban por mis oídos ensordeciéndome. Desde mi cama las veía reflejadas en la pared, me miraban con sus ojos negros grandes y sus caras feas; cuatro pelos en la cabeza, largos y disparados. Apenas tenían cuerpo, eran pequeñitas con cuatro dientes muy afilados que parecían los de los lobos.

Después llegaban los fantasmas y las echaban, ellos querían pasear por la casa y fisgarlo todo. Paseaban toda lo noche por las habitaciones, sin embargo cuando me levantaba de la cama, ya se habían ido. Me había acostumbrado a que estuvieran por mi casa, y ya sabía por qué mis padres no me creían.
Mi profesora me dijo que sólo les ven los niños y que los mayores no pueden verles ni sentirles, y que por eso no creían en su existencia. No se lo conté nunca a ellos porque no me creerían. Eran tan mayores que ya no se acordaban y esas historias de los fantasmas les parecía una tontería; con el tiempo les habían olvidado, cambiándolos por otras cosas que les parecían mejores, les quitaban más el sueño y les daban mucho más miedo. A ella, mi profe, no le parecía mentira porque se acordaba todavía de ellos aunque hubieran pasado muchos años. Me dijo que ella no había tenido la ocasión de olvidarlos porque cada año se lo recordaban los niños. Entonces escribí sobre ellos en mi libreta, para que cuando fuera mayor no se me olvidara que existen de verdad y que los niños son los únicos que pueden verlos.
Todavía la conservo. 
Me miro al espejo y ya no soy el niño que veía fantasmas. Se refleja mi cara con ojeras, y algunas arrugas que debería ocultar, mi cara me recuerda a la de mi padre. Mirándome en ese espejo, recuerdo cuando él me decía aquello de “yo ya tengo pelos en las orejas”. No sé en qué momento me han salido canas, no lo recuerdo. Después de observarme detenidamente, le resto importancia a todas esas pequeñas cosas que se producen con el paso del tiempo y pienso en Rosita, pensar en ella me relaja. Me visto y salgo a la calle silbando una canción antes de subirme al coche, sujeto el volante con las dos manos y le digo
—Otro día más, enano.
Caen hojas secas en el jardín delante de casa, el verano nuevamente se acaba, parece que se va definitivamente, pero siempre regresa para casi todo el mundo. Paseando por las tardes, a lo largo de la playa, todas las farolas comienzan a iluminar muy temprano. Siento frío en mis pies, y en el horizonte el sol se acuesta tras el mar. Como cada día se esconde para dejarla salir a ella, la reina de la noche. Quiere ser la única en el cielo, él, el sol, siempre se reclina a sus pies.
Cada año, en esta época caen castañas de los árboles, las recogemos en un pequeño cesto y las asamos. Todos los años hacemos lo mismo, nos gusta pasar el tiempo haciéndolo, Rosa y yo llenamos un buen cesto. Comienza a ser rutinario.
Me gusta salir a la calle a dar un paseo con sombrero, me lo he comprado para cubrirme de la lluvia; comer castañas, las que recojo, no me hace gracia comprarlas; dormir profundamente por las noches, no me gustan los nuevos fantasmas así que no les hago ni caso, y cuando llega el invierno siempre me compro un paraguas nuevo. Rosita siempre se compra uno de colores, porque a ella también le encanta sentir esa sensación de estrenar paraguas. El de este año es verde.
Pronto llegará Navidad y, como cada año nos reuniremos todos los que podamos, y disfrutaremos de los que estamos. El tiempo transcurre como girando en una noria, cada vez que llegas abajo vuelves a subir y a bajar, sólo que cada vez que bajas tienes que volver a pagar. Vuelta a vuelta, voy conociendo gente nueva, unos creen todavía en las brujas, otros ya no, y otros, como yo, lo llevamos anotado en un papel para que no se nos olvide que son reales.
Hay un lugar en la montaña en el que existe una cabaña de cazadores abandonada, de niños solíamos jugar allí durante el verano. Cuando llegaba el otoño encendíamos el fuego de la chimenea. Enseguida refrescaba, allí pasábamos largas horas jugando a las cartas. En invierno nos acercábamos todos juntos al fuego y contábamos historias de miedo. Recuerdo lo bien que lo pasábamos, se nos pasaba el tiempo enseguida y alguna vez se nos hacía de noche, muchas veces tuvimos que dormir allí.
Todavía me gusta ir de vez en cuando, esta noche pasada me quedé en la cabaña, se me hizo tarde y me dormí mirando el fuego. Suelo burlarme de las brujas que habitan en él. Me divierte. La cabaña es conocida en todo el pueblo. Cuando la gente se siente sola, coge una manta y llega, sin más. A veces somos más de seis, otras veces sólo Rosita y yo, aunque ella viene pocas veces. Rosita tiene cosas escondidas bajo una tabla, chocolate, agua, galletas…una baraja para jugar al mus, ahora se pone gafas para poder ver las cartas. Las ha comprado de varios colores. Desde hace unos meses le gusta que le llamen Rosa.
El médico me ha dicho que el tiempo no perdona y que pasa factura. Ha pasado ¡tan rápido!…Ni siquiera tuve tiempo de casarme, estuve ocupado con mis otros fantasmas, debí de habérselo pedido a Rosa. Tal vez no sea demasiado tarde. 

—Hola Javier, ¿has dormido aquí toda la noche?
—Hola Rosa, buenos días, ¿qué traes en ese bolsa?
—He pensado en subirte el desayuno.
— ¿Por qué? ¿Cómo sabías que estaba aquí? ¿Has pasado por mi casa?
—Si, y tu hermana me ha dicho que no fuiste a dormir esta noche, que estarías aquí. Te he traído café en un termo, y un trozo de bizcocho.
— Mi hermana no tiene un pelo de tonta…Casi nunca desayuno.
—Lo sé, pero ahora debes cuidarte. Me han dicho que estás enfermo…Lo siento.
—Rosa, tú nunca te casaste, ¿por qué?
—No sé decirte, se fue pasando el tiempo y…Supongo que estaba ocupada con otras cosas, cuando me di cuenta ya tenía una edad para ser abuela.
— ¿Crees que el tiempo se ha ido para nosotros dos, que ya no volverá? Dime Rosa, tal vez no…
—No, pero el tiempo no es infinito, hay que disfrutar de cada tramo, Javier.
—Estamos en el tramo de la madurez feliz, la barriguita y esas cosas.
—Se trata de disfrutar cada ocasión, ésta por ejemplo. Aquí, contigo desayunando parece que no pasan las horas.
—A los dos nos gusta este sitio, nos trae recuerdos. Estamos a gusto.
—Siempre estoy a gusto contigo, Javier. ¿Otro trocito de bizcocho?
—No apuesta mucho por mí el médico, me preocupa.
— El médico puede estar equivocado, tendrás que visitar a otro, otra opinión no viene mal.
—Tengo poco tiempo, Rosa, ¿querrías pasarlo conmigo?
—Acaso no ves que ya lo hago…No me separaré de ti ni un minuto más. Ahora el tiempo es oro.
—Ya lo era antes, Rosa.
—Pero no lo sabíamos.
María Teresa Fandiño

Página 156 Revista digital Gealittera nº 13
La Coruña, España
Fotografía de "Revista Gealittera"


Revista digital Gealittera nº 13 Publicación Septiembre 
Pincha en el siguiente enlace, tienes poesías y cuentos para pasar un buen rato. 
http://issuu.com/carmenmembrillaolea/docs/gealittera_13.__el_tiempo/1?e=12148429%2F15345183





















sábado, 15 de agosto de 2015

Y la tripulación en la Toscana



¡Y la tripulación en la Toscana!

Abrió la escotilla y salió a la superficie. Al cerrar vio que no podría volver a abrirla, se había atascado. No quedaba nadie dentro, él había sido el último en salir. Miró al frente y observó las montañas nevadas.
Todos se angustiaron, el capitán, asustado porque no sabía cómo lograría retomar el mando del submarino; el cocinero, porque había dejado el puchero al fuego; el alquimista, porque no sabía muy bien como convertir algo en oro que pudiera ayudar, y es que, a veces, el oro no sirve para nada. Se sintió culpable, él, un pobre marinero le dio un empujón a una escotilla. No había marcha atrás. Presintió la noche larga y fría que les aguardaba en aquella soledad compartida.
El capitán se autoinculpó, él debería de haber sido el último en abandonar el submarino; el cocinero se derrumbó, sabía que por su culpa todo se quemaría; el alquimista recordó que antes, cuando era muy joven, había asistido a una escuela de magia e incluso había ejercido durante un corto periodo de tiempo. Él podría convertir la escotilla de un submarino en cualquier otra cosa.  Cuatro mil conjuros después y, ante ellos, apareció una muralla de piedra antigua, parecía la parte de atrás de un castillo. Existían varias puertas, cada una de un color. El sol brillaba y sobre ellas, cestos de mimbre que recogían plantas llenas de jazmines, celindas y otras flores de primavera. Del muro pendían buganvillas y rosas, se podía apreciar su aroma.
El cocinero explicaba las entradas al castillo como él las entendía. La puerta verde era la de la esperanza, la amarilla traería mala suerte y la negra, seguramente, les llevaría a la muerte. Había una puerta roja pero el marinero creía que esa puerta les llevaría directamente al infierno. La puerta azul parecía la más apropiada.
El capitán decidió, porque estaba al mando. Cada uno iría por donde quisiera.
Primero entró el alquimista, lo hizo por la puerta azul, él sólo buscaba la oración, la tranquilidad, la paz…De la vida solamente pedía una cosa, poder realizar sus experimentos en un gran laboratorio y trabajar con metales, de forma espiritual, en busca de la piedra filosofal.
El marinero entró a través de la puerta verde, con la esperanza de poder regresar a casa, encontrarse con su madre, sentir de nuevo sus caricias y sus pasos cuando ella entraba en su dormitorio y le colocaba su uniforme recién planchado sobre la cama. Recordaba aquel olor de las mañanas, a café y tostadas.
Asustados les aguardaron un buen rato. La impaciencia hizo que el cocinero se encaminara a la puerta amarilla, no creía en la mala suerte y estaba muerto de hambre. Decidió terminar con aquella pesadilla, soñaba con un buen plato de garbanzos y un vaso de rojo vino. Cruzó aquella puerta muy animado.
Tampoco regresó para contar lo que había visto…
El capitán, muy desanimado, entró por la puerta negra casi arrastrando los pies.
Tras las puertas un par de guardias. Todos estaban presos ¡quién osa entrar en un castillo por las puertas de atrás, sin pedir permiso ni llamar antes de entrar!
¡Qué osadía!
Apareció un hombre muy feo y muy risueño, que poseía una nariz espectacular y un bigote muy extraño y muy largo, acompañado por la policía. Decía ser el dueño de la finca. Les preguntó por su procedencia, pregunta a la que no supieron responder.
El marinero, muy valiente, les contó lo sucedido.
— Cualquier puerta que escojamos nos conducirá a la realidad, a la que se accede como uno quiere y se encuentra con lo que hay —dijo el hombre sin más—, me parece que están drogados, pero en fin, eso ya no es de mi incumbencia.

Después de interrogarlos, uno a uno, la policía no consideró que su delito fuera grave. No estaban drogados,  al fin y al cabo las puertas estaban abiertas, no las habían forzado. Los dejaron salir y, en unos días, pudieron regresar a casa.
Nunca se encontró el submarino. Ni tampoco al marinero, que en Italia se quedó, haciendo caso omiso a sus recuerdos. Con una nota le bastó para que su madre  le comprendiera.
—Madre querida, en Italia me enamoré de unos lindos ojos verdes, de los viñedos y de su sol.
El alquimista, coronado de gloria por su gran hazaña, se quedó en Italia durante una pequeña temporada, permutando la magia por la alquimia en una escuela de magos.
El capitán se auto degradó.
Poco después, la nieve de las montañas se habían derretido, esa era la prueba irrefutable de la conclusión a la que llegó, en su ignorancia, el cocinero... “Seguramente fue el submarino que ardió y la derritió”, lloraba desconsoladamente mientras cocinaba para otra tripulación.

María Teresa Fandiño 
Fotografías tomadas de la red
15/08/2015
Derechos reservados




Fotografías tomadas de la red
15/08/2015















Fotografías tomadas de la red
15/08/2015